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Sep 06

2014

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Cuentos de locos – Anticipo

En vista del inminente nuevo libro que saldrá a la luz en los próximos meses bajo el título Lizard Brain, les dejo un mini adelanto de lo que vendrá. Hay locura para todos los gustos y sensibilidades.

Disfruten! O no….

 

˜

 

Con una precisión milimétrica Darío deslizó el bisturí sobre la piel de Simón. Un hilo de sangre marcó el recorrido del instrumento sobre el cuerpo del muchacho. Darío no pudo evitar soltar una exclamación, sus pupilas se dilataron y un rubor coloreó sus mejillas. Simón se esforzó por mantener la misma posición, sus brazos relajados a sus costados y la respiración tranquila. No tenía que mover un músculo si es que deseaba salir satisfecho esta noche. Quería que el señor estuviese contento con él, había esperado mucho tiempo por una oportunidad como esta y no cometería ningún error.

Darío ajeno a las preocupaciones de su sirviente recorría con una mirada digna de cualquier predador los músculos que se tensaban bajo sus manos. Era un maravilloso espécimen, firme y bronceado por el trabajo bajo el sol. No era de los más inteligentes y sus ojos escondían mucho más que la simple arrogancia de la juventud. Al hombre le había costado decidirse y aceptar la propuesta que había recibido hacía ya varios días, pero el muchacho demostró una insistencia férrea. Había alegado que sabía de sus hábitos, de las jóvenes que habían pasado por sus aposentos y de sus cuerpos marcados. Simón había hablado con ellas. Cómo lo logró era todo un misterio, si bien las mujeres aún vivían y trabajaban en la propiedad, estaban demasiado contentas con Darío como para haber murmurado palabra alguna en su contra.

– ¿Por qué te detienes?

Darío no dignificó la pregunta con una respuesta. Paciencia era una de las virtudes que el joven debería aprender. El hombre se volteó dejando el bisturí sobre la mesa convencido en que había estado en lo correcto al dudar. Ya debería haberse acostumbrado al seguir sus instintos.

–Lo siento, por favor no te vayas. Prometo que lo haré mejor –la voz de Simón se teñía con desesperación. –Necesito… Necesito esto.

–Pequeño, no sabes lo que quieres y menos aun lo que necesitas –replicó Darío. Tendría que viajar pronto, tal vez cambiar el aire le haría bien. Dejar el campo y sus habitantes con sus limitadas mentes, sino hubiese estado tan aburrido no estaría ahora en esta situación.

Ensimismado en sus pensamientos, ignoró por completo al chico que se erguía apretando los puños.

–Nunca presumas nada sobre mí. No me conoces, nadie lo hace en realidad. Nadie ve mi verdadero yo.

Darío giró y lo observó con detenimiento. Su mirada gélida, sus dientes apretados al punto de rechinar y un temblor que sacudía levemente su cuerpo desnudo. Estaba enojado, furioso inclusive. Parecía estar en el instante previo al quiebre. Muchas cosas podían decirse de Darío pero indiferencia ante el dolor ajeno no era una de ellas.

–¿Quién eres entonces? –le preguntó dándole la posibilidad de re-armarse y cubrirse con una armadura que protegiera la fragilidad que se le escapaba.

–Soy una abominación, un ser horrible que se aprovecha de aquellos que no pueden defenderse. Algo que debería ser detenido, destruido.

Cada palabra que salía de los labios de joven parecía golpearlo y volverlo aún más vulnerable. Darío sintió compasión por él, quien quiera que le hubiese dicho tales cosas lo había herido al punto que no podía creer que no fuesen verdades absolutas.

–Eso no es cierto, tan solo eres un muchacho. No deberías dar crédito a todo lo que te dicen. Tienes toda una vida por delante.

Simón lo negó con tanta fuerza que debió dolerle el cuello. –Nadie me lo ha dicho, pero yo lo sé. Sé lo que soy y lo que merezco.

Esto último sacudió a Darío en lo más profundo. Era algo que él mismo había pronunciado hacía mucho tiempo atrás. Había sido un joven impulsivo, sin control y en su deseo de calmar la furia de su interior había cometido barbaridades. Torturado y asesinado animales, inclusive sus propias mascotas. Se había regocijado del horror en el rostro de sus criadas y en el llanto de su madre, pero basto que regresara su padre de la guerra para ponerle fin a sus actividades. Hoy más de treinta años después, su espalda continuaba siendo prueba del castigo que había recibido.

Darío volvió a observar al muchacho que tenía delante. Había cerrado sus ojos, la sangre que había manado de la pequeña herida en su pecho ya se había secado. Sus manos antes apretadas ahora acariciaban lentamente sus costados. Cuando volvió a hablar su voz tenía una cadencia suave, casi hipnótica.

–Puedo verlos, correr como siempre lo hacen, jugando entre los maizales. Felices y livianos, libres de toda culpa. Rebosantes. Me invitan a que juegue, se arrojan sobre mí cuando les digo que tengo que trabajar. Los niños vienen con sus pelotas  y las niñas con las muñecas. Les gusta estar conmigo, y a mí me gusta estar con ellos. En verano, a la hora de la siesta cuando todos evitan el calor insoportable, me imploran que los lleve al río. Sé que debería negarme pero no lo hago. No puedo. Intento recostarme en la orilla e ignorarlos saltar y zambullirse semi desnudos. Mi mente se vuelve entonces mi peor enemigo, porque los imagino cerca, encima y debajo de mí. No puedo evitar reaccionar ante el deseo y me sumerjo en el agua fría. Ellos lo ven como una invitación al juego, nuevamente los tengo demasiado cerca, demasiado resbaladizos, demasiado-

–Basta.

La mirada Simón era obscena y su excitación imposible de ocultar provocó una reacción visceral en Darío. El hombre vomitó su cena, intentando borrar las palabras del joven con el sabor agrio de su garganta.

–¿Te das cuenta por qué te necesito? ¿Por qué estoy aquí esta noche? Ahora lo sabes, ahora es tu responsabilidad también. Cada instante que estemos juntos no haré otra cosa que pensar en ti y ellos estarán a salvo. Yo puedo soportar tu atención puesta por completo sobre mí. Ayudarte con todos y cada uno de tus deseos, los golpes, la sangre, el dolor.

Darío sabía que era un error, que debería salir de la casa y llamar a las autoridades, que la combinación de los deseos de ambos era un desastre a punto de ocurrir. Estaba decidido a hacerlo cuando Simón hundió sus dedos en su pecho y abrió grotescamente su herida sin emitir sonido. Darío caminó hacia el muchacho y lo empujó nuevamente sobre la cama manchándose las manos. Lamió la sangre del joven y supo entonces que estaba perdido.

–¿Hay algo más que debería saber antes de comenzar?

–Poughkeepsie.