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Nov 02

2015

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Vignette Anuraidh – Samhain Parte 3 – Myrddin

Algo extraño estaba sucediendo, podía ver cómo la noche se cerraba sobre nosotros lenta y pesadamente. El festejo de Samhain estaba en pleno auge, la luna se encontraba en su punto más alto en el cielo, sin embargo había algo más. Podía sentirlo, pero era el único. Los sidhes bailaban en el bosque sin preocupaciones, ajenos al peligro. Si el futuro de Éiriin dependía de ellos, podíamos darnos por muertos. No dejaría que eso ocurriese, tenía mucho trabajo por delante si quería sacarlos buenos y no pensaba rendirme todavía. Recordé las proféticas palabras de los oráculos, siempre había hecho caso omiso a sus palabras de los oráculos, no iba a prestarles atención ahora.

Era cuestión de hacer un plan y ejecutarlo. Necesitaba aliados para eso: Jared era mi primera opción. Lo busqué entre mis compañeros de clase; era imposible que pasara desapercibido, su aura brillaba tanto que atravesaba mis escudos. Lo encontré jugando con sus primas a un costado de la fogata ignorando por completo la amenaza que acechaba. Traté de no frustrarme por eso, no era su culpa en realidad. Pero si él, a pesar de su habilidad, no era capaz de darse cuenta que algo pasaba, el resto de los sidhes no tendría oportunidad. Sin expectativas les di una rápida mirada, nadie mostraba el menor indicio de percibir la anomalía en el aire. Para mi decepción sólo algunos de los profesores parecían estar al tanto: Clarisse, Frederick y Fenella.

No sería suficiente.

Lo que sea que estaba ocurriendo era un mal presagio. Me dejaba un sabor amargo en la boca y cerraba mi garganta. Apreté el báculo con la mano derecha, esforzándome para mantener la calma, en este estado no era útil.

-Myr, ¿qué pasa?

Había entrecerrado los ojos sin notarlo, cuando los abrí Colin estaba parado frente a mí. Su aura anaranjada vibraba. Sabía sin tener que comprobarlo que apretaba los puños para evitar la tentación de tocarme, inclinado como estaba hacia adelante era evidente que quería asegurarse físicamente de que estuviera bien. Colin tenía una excepcional habilidad para notar los sentimientos negativos de los sidhes que consideraba parte de su manada, casi rozaba los poderes empáticos.

-¿Qué crees que está pasando?

-No es momento para una de tus lecciones, sé que algo está mal porque vos estás mal. Como si eso fuera poco Moira se fue hace unos minutos con el doctor.

Eso atrapo mi atención, los desmayos de Moira eran comunes, todavía no se acostumbraba a los altos niveles de magia pero tal vez escondían algo más. En especial si Colin también estaba de acuerdo.

-No estoy seguro -le confesé. -Pero nada bueno.

-¿Qué querés que haga?

El Licántropo siempre estaba dispuesto a ayudar, ese había sido el motivo por el que me había acercado a él en un principio. Era el UnSeelie que balancearía la influencia de Jared, que ambos fueran amigos había sido un plus. Con el tiempo me acostumbré a su presencia, constante e inquebrantable, ahora no podía negar mi amistad con ambos. Ellos tampoco me lo hubieran permitido. Tercos.

-Hablá con tu manada y con algunos UnSeelies de confianza. Evitá llamar la atención de los otros. Decile a Jared que esté alerta pero que no haga nada más. No tiene un hueso de sigilo en todo su cuerpo y no queremos provocar pánico innecesario.

Colin asintió en silencio dándome una palmada en la espalda antes de transformarse y saltar, a modo de juego, sobre uno de los otros lobos. Podía estar seguro de que haría lo que le había pedido.

Mi objetivo ahora eran los Leanan de tercer año. Necesitaba que algunos Seelies estuvieran al corriente, sobretodo si quería mantener la imparcialidad. Encontré el aura roja de Fial y Laoise entrelazada en uno de los árboles más altos. Hubiera preferido no interrumpirlos pero eran la mejor alternativa. Por fortuna, dejar que mi magia fluya libremente era suficiente para que salieran a mi encuentro. Se dejaron caer con gracia a unos metros frente a mí antes de que alcanzara el árbol donde habían estado.

-¿Nos buscabas?

-Necesito que vuelvan con resto.

No era un pedido, los Leanan lo sabían y acataron mis palabras sin cuestionarlas. Ese era el beneficio de ser el único Mago en Ardscoil y de siglos de tradición. Cuando se alejaron eliminé todos mis escudos, seguro de que necesitaría de toda mi capacidad.

Había perdido demasiado tiempo y necesitaba saber con certeza a qué nos enfrentábamos. Reforcé una de las runa de protección del bosque para asegurarme que mis compañeros estuvieran a salvo o, como mínimo, para ganarles tiempo. Alma estaría furiosa por mi intromisión, no sería la única pero todavía no estaban preparados y nadie iba a morir bajo mi cuidado si podía evitarlo.

Apoyé mi báculo en el suelo y me saqué los zapatos sintiendo la tierra bajo mis pies. Relajé los brazos, cerré los ojos y respiré profundo. La magia comenzó a pulsar en mi interior cada vez con más fuerza. Si quería descubrir de dónde provenía la disrupción tenía que concentrarme. Use mis poderes para cubrir todo el bosque, buscando. Ignoré a las hadas de las Casas Menores escondidas entre los árboles y en las orillas del lago, a las Sirenas que cantaban desde las rocas y a la Dama del Lago inmóvil en las profundidades. No había nadie ahí pero estaba acercándome.

La escuela estaba vacía al igual que los edificios aledaños, el resto de los sidhes todavía festejaba en grupos pequeños. Eran insignificantes. Lo que yo buscaba era otra cosa.

Uno por uno ubiqué a todos los alumnos y a los profesores; estaban juntos alrededor de la gran fogata y bajo los encantamientos de protección. Seguros. ¿Qué era lo que me mantenía alerta entonces? Incluso el doctor había regresado con ellos. Un escalofrío bajo por mi espalda: Moira.

La encontré lejos de la arbolada, su aura era un débil destello cobrizo. Levanté mi bastón y corrí descalzo en su dirección. No logré llegar a ella, me detuvo un muro de oscuridad que me impedía seguir. A penas podía distinguir una silueta del otro lado pero podía reconocerla. Estaba tumbada, inconsciente.

Golpeé la negrura que tenía adelante, lanzando hechizo tras hechizo, sin efecto alguno. Todos eran absorbidos, como si la misma oscuridad los consumiera. Probé con magia arcana pero sólo disipé las tinieblas unos instantes, suficientes para dar un paso hacia adelante. Volví a intentarlo canalizando todas mis fuerzas a través del báculo, la madera humeó por el esfuerzo. Conseguí mantener la grieta para escabullirme por ella.

Del otro lado la temperatura había disminuido notablemente. El pasto congelado se quebraba bajo mis pasos. Moira permanecía inmóvil, en la misma posición. Temí que estuviera muerta pero su cálida respiración era visible sobre sus labios morados. Todavía vivía. Me sorprendí por el alivio que eso me provocaba.

-Hasta ahí esta bien.

Giré blandiendo mi bastón hacia la voz amenazadora pero no había nadie. Sin dudarlo arrojé mi magia como una red violácea a mi alrededor. No lo dejaría escapar con facilidad.

-Prometedor para el vástago de Merlin pero no estas a la altura de las circunstancias.

Repetí mi hechizo ignorando sus palabras. Buscaba provocarme y no era tan ingenuo como para caer en esa trampa. No conseguí alcanzarlo pero volví a intentarlo. Una y otra vez.

-Testarudo como el anciano también.

Sentí su aliento, estaba justo detrás mío. Giré pero solo pude ver un perfil envuelto en una capucha. Sin movimiento o palabra alguna, me obligó a desplomarme sobre el suelo. Mientras mayor era mi esfuerzo por levantarme, más hundía mi cabeza en la tierra. Evitar la desesperación fue casi imposible. Quien quiera que fuese, su magia superaba con creces la mía. Posiblemente incluso de la Falcon.

-Me encantaría decir que es una pena pero no es cierto. Será hasta tu próxima vida, heredero.

¿Ya está? ¿Esto sería todo lo que lograría con mi vida? No podía aceptarlo, me había preparado para mucho más que esto. Rendirme no era una posibilidad. Si mi magia no era suficiente, la Diosa sí lo sería.

-Danu, triple diosa, madre, anciana, joven: tu hijo necesita de-

-Tus dioses están muertos -exclamó el encapuchado con violencia. -Los hijos de Danu están huérfanos. Los abandonaron por su soberbia, podés rezar todo lo que quieras pero nadie responderá a tus plegarias.

Sus comentarios no interrumpieron mi oración. No importaba lo que dijese, yo estaba seguro. Sus poderes ejercían tanta presión sobre mí que comenzaron a enterrarme, mi magia era lo único que me mantenía con vida. Tal vez no podría atacarlo pero si podía defenderme, el tiempo que fuera necesario.

-Abandoná mis tierras. Esta es tu última advertencia, dejá a mi pueblo en paz.

La nueva voz tronó con fuerza aplastando cualquier tipo de resistencia. No la reconocía, como tampoco a la magia cálida que la acompañaba. Era otro elemento nuevo y potencialmente peligroso en juego.

La oscuridad desapareció dejando como único rastro de su existencia el césped congelado. Cuando pude ponerme en pie vi a Moira que también estaba incorporándose. A su lado había un sidhe con un aura blanca tan intensa que me cegaba. Levanté mis escudos para poder verlo con más claridad pero para ese entonces ya se había ido y Moira, ignorando completamente mi existencia, caminaba hacia la escuela como si nada hubiera pasado.

Tenía que ponerme en contacto con Falcon y el consejo. La frágil armonía en la que vivíamos estaba quebrándose con rapidez. La variable de los Daoine Sidhe estaba controlada pero el encapuchado y su adversario de esta noche eran dos jugadores completamente desconocidos. Si queríamos mantener la paz no podíamos permitirnos otra equivocación como esta. Demasiados aspectos dejados al azar, y ninguna estrategia de contención. Era evidente que mis poderes actuales también eran insuficientes, el entrenamiento tendría que ser más exigente de ahora en adelante.

Sep 06

2014

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Cuentos de locos – Anticipo

En vista del inminente nuevo libro que saldrá a la luz en los próximos meses bajo el título Lizard Brain, les dejo un mini adelanto de lo que vendrá. Hay locura para todos los gustos y sensibilidades.

Disfruten! O no….

 

˜

 

Con una precisión milimétrica Darío deslizó el bisturí sobre la piel de Simón. Un hilo de sangre marcó el recorrido del instrumento sobre el cuerpo del muchacho. Darío no pudo evitar soltar una exclamación, sus pupilas se dilataron y un rubor coloreó sus mejillas. Simón se esforzó por mantener la misma posición, sus brazos relajados a sus costados y la respiración tranquila. No tenía que mover un músculo si es que deseaba salir satisfecho esta noche. Quería que el señor estuviese contento con él, había esperado mucho tiempo por una oportunidad como esta y no cometería ningún error.

Darío ajeno a las preocupaciones de su sirviente recorría con una mirada digna de cualquier predador los músculos que se tensaban bajo sus manos. Era un maravilloso espécimen, firme y bronceado por el trabajo bajo el sol. No era de los más inteligentes y sus ojos escondían mucho más que la simple arrogancia de la juventud. Al hombre le había costado decidirse y aceptar la propuesta que había recibido hacía ya varios días, pero el muchacho demostró una insistencia férrea. Había alegado que sabía de sus hábitos, de las jóvenes que habían pasado por sus aposentos y de sus cuerpos marcados. Simón había hablado con ellas. Cómo lo logró era todo un misterio, si bien las mujeres aún vivían y trabajaban en la propiedad, estaban demasiado contentas con Darío como para haber murmurado palabra alguna en su contra.

– ¿Por qué te detienes?

Darío no dignificó la pregunta con una respuesta. Paciencia era una de las virtudes que el joven debería aprender. El hombre se volteó dejando el bisturí sobre la mesa convencido en que había estado en lo correcto al dudar. Ya debería haberse acostumbrado al seguir sus instintos.

–Lo siento, por favor no te vayas. Prometo que lo haré mejor –la voz de Simón se teñía con desesperación. –Necesito… Necesito esto.

–Pequeño, no sabes lo que quieres y menos aun lo que necesitas –replicó Darío. Tendría que viajar pronto, tal vez cambiar el aire le haría bien. Dejar el campo y sus habitantes con sus limitadas mentes, sino hubiese estado tan aburrido no estaría ahora en esta situación.

Ensimismado en sus pensamientos, ignoró por completo al chico que se erguía apretando los puños.

–Nunca presumas nada sobre mí. No me conoces, nadie lo hace en realidad. Nadie ve mi verdadero yo.

Darío giró y lo observó con detenimiento. Su mirada gélida, sus dientes apretados al punto de rechinar y un temblor que sacudía levemente su cuerpo desnudo. Estaba enojado, furioso inclusive. Parecía estar en el instante previo al quiebre. Muchas cosas podían decirse de Darío pero indiferencia ante el dolor ajeno no era una de ellas.

–¿Quién eres entonces? –le preguntó dándole la posibilidad de re-armarse y cubrirse con una armadura que protegiera la fragilidad que se le escapaba.

–Soy una abominación, un ser horrible que se aprovecha de aquellos que no pueden defenderse. Algo que debería ser detenido, destruido.

Cada palabra que salía de los labios de joven parecía golpearlo y volverlo aún más vulnerable. Darío sintió compasión por él, quien quiera que le hubiese dicho tales cosas lo había herido al punto que no podía creer que no fuesen verdades absolutas.

–Eso no es cierto, tan solo eres un muchacho. No deberías dar crédito a todo lo que te dicen. Tienes toda una vida por delante.

Simón lo negó con tanta fuerza que debió dolerle el cuello. –Nadie me lo ha dicho, pero yo lo sé. Sé lo que soy y lo que merezco.

Esto último sacudió a Darío en lo más profundo. Era algo que él mismo había pronunciado hacía mucho tiempo atrás. Había sido un joven impulsivo, sin control y en su deseo de calmar la furia de su interior había cometido barbaridades. Torturado y asesinado animales, inclusive sus propias mascotas. Se había regocijado del horror en el rostro de sus criadas y en el llanto de su madre, pero basto que regresara su padre de la guerra para ponerle fin a sus actividades. Hoy más de treinta años después, su espalda continuaba siendo prueba del castigo que había recibido.

Darío volvió a observar al muchacho que tenía delante. Había cerrado sus ojos, la sangre que había manado de la pequeña herida en su pecho ya se había secado. Sus manos antes apretadas ahora acariciaban lentamente sus costados. Cuando volvió a hablar su voz tenía una cadencia suave, casi hipnótica.

–Puedo verlos, correr como siempre lo hacen, jugando entre los maizales. Felices y livianos, libres de toda culpa. Rebosantes. Me invitan a que juegue, se arrojan sobre mí cuando les digo que tengo que trabajar. Los niños vienen con sus pelotas  y las niñas con las muñecas. Les gusta estar conmigo, y a mí me gusta estar con ellos. En verano, a la hora de la siesta cuando todos evitan el calor insoportable, me imploran que los lleve al río. Sé que debería negarme pero no lo hago. No puedo. Intento recostarme en la orilla e ignorarlos saltar y zambullirse semi desnudos. Mi mente se vuelve entonces mi peor enemigo, porque los imagino cerca, encima y debajo de mí. No puedo evitar reaccionar ante el deseo y me sumerjo en el agua fría. Ellos lo ven como una invitación al juego, nuevamente los tengo demasiado cerca, demasiado resbaladizos, demasiado-

–Basta.

La mirada Simón era obscena y su excitación imposible de ocultar provocó una reacción visceral en Darío. El hombre vomitó su cena, intentando borrar las palabras del joven con el sabor agrio de su garganta.

–¿Te das cuenta por qué te necesito? ¿Por qué estoy aquí esta noche? Ahora lo sabes, ahora es tu responsabilidad también. Cada instante que estemos juntos no haré otra cosa que pensar en ti y ellos estarán a salvo. Yo puedo soportar tu atención puesta por completo sobre mí. Ayudarte con todos y cada uno de tus deseos, los golpes, la sangre, el dolor.

Darío sabía que era un error, que debería salir de la casa y llamar a las autoridades, que la combinación de los deseos de ambos era un desastre a punto de ocurrir. Estaba decidido a hacerlo cuando Simón hundió sus dedos en su pecho y abrió grotescamente su herida sin emitir sonido. Darío caminó hacia el muchacho y lo empujó nuevamente sobre la cama manchándose las manos. Lamió la sangre del joven y supo entonces que estaba perdido.

–¿Hay algo más que debería saber antes de comenzar?

–Poughkeepsie.